
Gabriela y yo continuamos con nuestra pactada amistad. Nada de besos y, mucho menos, sexo. Sólo salimos por ahí como buenos compañeros. Ya llevamos algunos meses así desde que nos reencontramos y reconciliamos. Durante ese tiempo yo he tratado de romper nuestro pacto fallando en el intento. Le he repetido sin subterfugios, varias veces, que me es difícil mantener una amistad con ella, pues como ya he probado “el material” me siento –inconscientemente- con derecho a seguir probándolo. Ella me ha respondido que soy un infantil. Y creo que tiene razón. Pero, no soy un infante dulcero, soy un niño al que le gusta la fruta: adoro ese par de melones pecosos.
Las últimas dos semanas no me le he insinuado a Gabriela, y no por que ya no me interese o no la desee, sino porque he tenido alguna suerte con algunas chicas (jugadoras les dicen por acá). Ante mi indiferencia acosadora Gabriela ha dicho que me encuentro raro o estoy disgustado por algo, y nunca se le ha ocurrido sospechar una posible madurez prematura. Sus dudas las he disipado con meloserías que pocos amigos se permitirían: apachurramientos en las que he podido sentir sus tetas a punto de explotar; besos por toda la cara –excepto en la boca, ¡vaya tontería!- y demás cursilerías que se te puedan ocurrir, en el momento, con tal de calmar a una mujer intrigada.
Ayer mientras regresábamos de una reunión de amigos Gabriela lucía verdaderamente molesta; no me dirigía la palabra y su ceño fruncido la delataban. Cuando bajamos del taxi no accedió a que la ayudara a bajar. Pagué el taxi y la increpé por su actitud. Ella no pudo aguantarse más y me soltó furiosa que yo le había faltado el respeto, pues yo habiendo llegado con ella a esa reunión no podía haber estado coqueteando descaradamente con la pelirroja flacuchenta que no dejaba de sacudirme las migajas del saco y hablarme al oidito y reírse de cada huevada que decía y que por más amigos que seamos eso se ve mal. No me defendí, pues es lo peor que se puede hacer ante la ferocidad femenina que aduce tener la razón. Le pedí disculpas si mi comportamiento la ofendió, pues, en realidad, soy un burro y una bestia con las mujeres. Cunado noté su satisfacción ante el mea culpa me le acerqué y la besé unos segundos, sin resistencia. Luego me despedí, sin respuesta, y marché con rumbo a casa. Hoy, por la mañana, Gabriela me llama al celular y me dice: “¿Seguimos siendo amigos?” me tomo unos segundos y le respondo -bien maduro yo- “Por supuesto”. Nomás, de tanta madurez, no me vaya a pudrir.
Las últimas dos semanas no me le he insinuado a Gabriela, y no por que ya no me interese o no la desee, sino porque he tenido alguna suerte con algunas chicas (jugadoras les dicen por acá). Ante mi indiferencia acosadora Gabriela ha dicho que me encuentro raro o estoy disgustado por algo, y nunca se le ha ocurrido sospechar una posible madurez prematura. Sus dudas las he disipado con meloserías que pocos amigos se permitirían: apachurramientos en las que he podido sentir sus tetas a punto de explotar; besos por toda la cara –excepto en la boca, ¡vaya tontería!- y demás cursilerías que se te puedan ocurrir, en el momento, con tal de calmar a una mujer intrigada.
Ayer mientras regresábamos de una reunión de amigos Gabriela lucía verdaderamente molesta; no me dirigía la palabra y su ceño fruncido la delataban. Cuando bajamos del taxi no accedió a que la ayudara a bajar. Pagué el taxi y la increpé por su actitud. Ella no pudo aguantarse más y me soltó furiosa que yo le había faltado el respeto, pues yo habiendo llegado con ella a esa reunión no podía haber estado coqueteando descaradamente con la pelirroja flacuchenta que no dejaba de sacudirme las migajas del saco y hablarme al oidito y reírse de cada huevada que decía y que por más amigos que seamos eso se ve mal. No me defendí, pues es lo peor que se puede hacer ante la ferocidad femenina que aduce tener la razón. Le pedí disculpas si mi comportamiento la ofendió, pues, en realidad, soy un burro y una bestia con las mujeres. Cunado noté su satisfacción ante el mea culpa me le acerqué y la besé unos segundos, sin resistencia. Luego me despedí, sin respuesta, y marché con rumbo a casa. Hoy, por la mañana, Gabriela me llama al celular y me dice: “¿Seguimos siendo amigos?” me tomo unos segundos y le respondo -bien maduro yo- “Por supuesto”. Nomás, de tanta madurez, no me vaya a pudrir.




