La Cruda Verdad

Sólo diré que no tengo tiempo ni para que se me pare. Este post es de Ítala.


Por Ítala.

Estoy sentada en el sofá de mi casa descansando a la mañana luego de un sábado atareado. Cuando me puse a recordar lo vivido en la noche anterior, recordé las palabras de Alberto: “De castigo para mí, tienes q escribirlo con lujo de detalle… no he estado al 100%. Si lo escribo yo, me voy a dar de alma.”
Daban las 16:57 del sábado cuando recibí su sms. La primera parte decía: “De verdad quieres que nos veamos?, no tendré mucho tiempo…” Era un sms catapultador. Varias semanas sin verlo ni besarlo y estando en Lima no lo iba a poder ver? Mierda…
Luego de otros mensajes, al final deducimos que teníamos 2 horas y media para poder estar juntos. “Se pueden hacer muchas cosas”, escribió.
Acordamos que nos encontraríamos en 30 min luego del último sms en el lugar donde nos habíamos visto la última vez.
Con toda la calma del mundo me dirigí a aquel punto. Había bajado del carro y estando a sólo 10 mts del lugar elegido, Alberto me llamó para decirme que demoraría 10 minutos más. Fueron 12.
Cuando lo vi y lo besé, me preguntó por la hora. “Te has pasado por 2 minutos”, contesté. “Sí, eso que el taxista me trajo volando”, dijo mientras caminábamos al hostal.
El mismo Hostal, el que usamos la primera vez que nos conocimos y el que usamos la última vez que nos vimos –que fueron varias semanas atrás- y para coincidencia nuestra, era el mismo cuarto usado la última vez, aquel donde nuestros oídos pudieron disfrutar de un concierto de gemidos femeninos, pero eso ya es otro tema.
“No crees que estás muy abrigada?” …. Fue la frase con que comenzamos lo que habíamos ido a hacer.
Una de las cosas que me encanta de Alberto es poder besarlo como se me da la gana: piquitos, mordiditas, con lengua o sin ella. Y él ha mencionado un par de veces que nunca ha visto a un par que se besen tanto.
Los previos sólo habían consistido en eso, en besos. La mayoría hechos por mi parte, pues el señorito estaba mal de la mandíbula y no podía abrir bien la boca; por eso mismo no pudo hacer el cunilingus ni tampoco se prendió de mis pezones como lo suele hacer. Llegado al coito todo seguía bien; de todo este proceso que es la relación sexual, me encantó aquel abrazo que nos dimos durante la penetración, tan fuerte, uno tan pegado al otro. Creo que luego de unos minutos se vino.
Yo no soy de mirar cuánto tiempo dura el coito en sí (por eso el “creo” en mi anterior oración), sino de disfrutar lo que estoy sintiendo en ese momento. Pero para Alberto la perfomance había durado poco. Me eché a su costado y nos pusimos a conversar un rato. Luego vinieron las caricias para comenzar de nuevo, un fellatio por ahí, y de nuevo podía ponerme encima. No recuerdo mucho lo que pasó, tal vez fue su dolor en la mandíbula lo que nos desconcentró a ambos que cuando volteamos a mirar, el tercero en compañía había caído en batalla.
Fue en ese entonces que Alberto empezó a reprocharse a sí mismo, buscando entre sus reflexiones las razones, según él, de tan mal rendimiento. Luego de varias caricias logramos que el tercero izara asta nuevamente y nos acompañara en la batalla de besos, movimientos y demás, hasta que…
“Ese movimiento sólo lo hacen las expertas”, sentenció Alberto.
Ah? Qué? Cuál movimiento?, pregunté.
Yo soy de las mujeres que se acostumbraron a una posición cómoda en el sexo: misionero o de la del perrito. Con Alberto suelo estar arriba, aprendiendo. Fue por eso que cuando dijo que había hecho algo que sólo buenas conocedoras del sexo saben, me causó bastante desconcierto.
Sin embargo – y aquí viene la opinión y la crítica que Alberto quiere recibir- creo q fue sólo una excusa.
Una excusa porque luego de eso se volvía a venir. “¿ya te veniste?” pregunté, ahora sí, algo asombrada por la precocidad. Luego de eso pasamos al post-sexo, una conversación íntima de la cual sólo puedo rescatar el pedido que me hizo Alberto de contarles esto.
Ahora estoy en mi trabajo terminando de escribir este post y creyendo que Alberto, en su objetivo de ser castigado o criticado por su audiencia, no sólo logra eso… sino que me arrastra con él.
Hacer el amor o tener sexo es de a dos. Ambos teníamos semanas difíciles (quizás él más) y ambos buscamos aquel espacio de tiempo forzado para tener relaciones, su cuerpo no le dio el rendimiento esperado y quizás el mío no fue capaz de motivarlo. También podría pensar radicalmente esto: O es que ya no le excito…. O es que le excito demasiado. La primera parte de la frase va en el sentido de que perdió la erección en un momento dado y la 2da es porque recordé que la última vez que nos vimos se vino más tempranamente cuando imité ese concierto de gemidos.
“Alberto, cuándo crees tú, que has estado al 100% de tu capacidad conmigo?”, fue lo que le pregunté poco antes que nos vistiéramos. La respuesta fue un “Nunca”, pues el factor tiempo ha sido determinante y sólo aquella vez que tuvimos casi todo el día para nosotros, fue nuestra primera vez, en la cual dominaron un poco los nervios y afloraron torpezas nuestras a causa del alcohol.
Me pregunto si estaré en capacidad de responder a Alberto cuando esté en ese 100% que tanto él desea. Me pregunto si justamente yo influyo en ese impedimento de llegar a esa meta. Hace ya algún tiempo me contó de su récord de eyaculaciones en un solo encuentro. No sé si estará planeando llegar a ese punto. Yo no digo nada, yo no tengo récords que contar, ni récord alguno para cumplir.
Dicen que las parejas son las que te ayudan a cumplir las metas?... pues, si descubro que soy la causante de que no consiga su objetivo, debería hacer un paso al costado. Pero como soy muy mala descubriendo, me lo tiene que decir; o al menos, postearlo.
Por ahora, y espero que por un buen tiempo más, TQUC.