miércoles 8 de julio de 2009

Trato de pareja


Me lo dijo de la forma más fría e inmutable; como quien le dice a uno la hora. Y yo hice mi mayor esfuerzo por recibir la noticia, como quien escucha que: “son las tres de la tarde”. Creo que barajé bien la incómoda situación. Pero de que dolió, dolió. Más por lo inesperado que por alguna desilusión. O al menos así me estoy consolando. Consuelo vano cuando recuerdo las pecas que se me han escapado de las manos.

“No creo que a Adrián le guste que vaya contigo a una fiesta” me dijo sin advertirme quién mierda era Adrián. Sin perturbarse me explicó que, Adrián, era el chico con el que salía y fue su enamorado hace poco menos de un mes; que le ha pedido para “volver” y que ella ha aceptado, pues es un buen chico y la quiere. Con las misma indiferencia con la que me explicó le respondí que nosotros sólo somos amigos, muy buenos amigos, que disfrutan saliendo juntos o en grupo y que él pierda cuidado pues no es mi intención enamorarte o algo parecido porque como amigos nos llevamos mejor y que la quería casi como a una hermana, así que no veía cuál es el problema de salir juntos a una fiesta, le terminé mintiendo.

Nadie fue a fiesta alguna. Me quedé en casa pensando en lo difícil que se me hace cada día tener un poco de sexo decente. También pensaba en que, a pesar de estar torturándome en mi habitación con canciones de Franco de Vita y José José, sólo pienso en todo el sexo gratuito que me he perdido al lado de Gabriela y en lo costoso que debe ser solicitar los servicios de una prostituta que me brinde el servicio “trato de pareja”.

He intentado desatenderme del asunto, pero no puedo. A veces siento que sus pecas revolotean a mi alrededor. Necesito otro clavo y un martillazo muy fuerte. Se me ha cruzado la idea de buscar a Diana, mi ex esposa, pero ese sexo sería muy problemático y enrevesado. He pensado en Mónica, mi eterna amante, pero ahora está casada. He llamado a Pedrito para que me presente a una de sus amiguitas, pero dice que está ocupado con Patricia. He revisado mi agenda en busca de algún nombre olvidado y no he animado pues, tal vez, ellas me han olvidado. También he pensado en ustedes, chicas que me leen, en que tal vez haya alguna gordita o flaquita que se apiade de este pobre diablo que sólo busca sexo sin compromiso, pero con mucho cariño.

martes 30 de junio de 2009

De Espejos y Tetas



“Con las gordas lo mejor es evitar los espejos” sentenció Pedrito, antes de beberse sin parar su cerveza. Y es verdad, a una gorda le incomoda verse desnuda en un espejo y peor aún si está acompañada. En el poco tiempo que estaba de enamorado de Gabriela, ella evitó ir a hoteles –para variar la monotonía de su departamento- aduciendo que detrás de esos enormes espejos podía haber algún filmador pirata de videos caseros pornográficos. Pero sacando cuentas he comprobado que los únicos espejos que posee son los que tiene en baño sobre el lavadero; el que está dentro de su closet y uno pequeño que lleva en la cartera. ¿Coincidencia? Veamos, cuando mi ex esposa Diana engordó después del embarazo desterró los muchos espejos de su propiedad y solo conservó uno grande que estaba en el baño y en el que ella sola podía observarse y criticarse. Ahora que ha retomado su figura los espejos han regresado por toda la casa. Yo creo, al contrario, que cuando uno está con sobrepeso los espejos deberían abundar para recordarte siempre que estás gorda y que debes hacer dieta y ejercicios pronto. Los espejos deben ser el aliciente motivador.

Pero, ¿por qué Pedrito dijo que los espejos deben evitarse con las gordas? ¿Acaso alguna chanchita le hizo retirar uno? ¿Tal vez Patricia –su enamorada- está engordando? ¿O es uno de esos huevones que cuando está borracho habla cualquier estupidez para animar la conversación? “Nooo, hueverto –me dijo sin indignarse-. Lo que pasa, es que la otra noche me levanté a una gordita que me hacía ojitos en una fiestucha –lo miré con ojos escépticos-. No me mires así huevón. Te digo la verdad. La vaina fue que… era la única huevona que me empelotó toda la noche. Y tú sabes que yo soy buen pobre –hizo una pausa, pidió otra cerveza y mientras se acomodaba en su asiento, todo canchero, encendió un cigarrillo. Me miró e hizo su clásica sonrisa de costado; intentaba irritarme con una larga pausa en su historia. Me calmé y también encendí un cigarrillo. Llegó su cerveza y bebió un sorbo. No aguanté: “Ya mierda, continúa”.- Está bien, chismosa –me dijo riéndose-. Bueno, pues, a la gordita le picaba su cosita y yo como buen samaritano le calmé la picazón en un hotelito cercano. En el cuarto había un espejote inmenso al nivel de la cama; entonces la gordita quería apagar la luz. Ni cagando me dije, tú sabes Albertito que a mí me gusta tirar con las luces prendidas. Si no, cómo pues; mejor me corro un pajazo. Estuve luchando con la huevona por la luz un buen rato. El pájaro lo tenía muerto, huevón. Hasta que la convencí a punta de manoseo: le agarraba las tetas, la besaba a lengüetazos, le sobaba la conchita ¡putamadre! La cojuda se olvidó de la luz, huevón. Todo iba bien hasta que la agarré con la pose de perrito -¿por qué? ¿qué pasó? Le pregunté intrigado- Es que en esa posición se me ocurrió ver mi “performance” en el espejo y… y le ví todos los rollos descolgándose, huevón; putamadre parecía que tenía cuatro tetas. ¡Me cagó al “muchacho”! Lo sentí desvanecerse. Por un momento pensé en apagar la luz, pero me dije ¡ni cagando! Entonces cambié de pose. Me eché de espaldas al espejo y la hice que se subiera sobre mí. ¡huevón! La gorda se movía como puta; ¡me sacó conejos!¡Carajo, lo hicimos como cuatro veces! Hace tiempo que no tiraba cuatro veces. Me dejó la pinga adolorida, huevón. Pero eso sí Albertito, al espejo ni lo miré”.

A Pedrito hay que creerle poco; como todo hombre siempre sobredimensiona sus hazañas sexuales. Ve mucha pornografía y ahora, desde que leyó un artículo en la revista DedoMedio sobre la actriz porno Sasha Grey, se ha convertido en su fan. A veces tanta película sicalíptica lo lleva a conclusiones eruditas como afirmar: que una tetona nunca debe ser gorda pues, se le vería más gorda -¡plop! Obvio ¿no?- o que ha visto muy pocas gordas sin tetas –bueno, yo tampoco he visto-. Ahora una conclusión compartida es la que decimos en que las tetas son más importantes que el culo. ¿Por qué? Pues porque las tetas es lo primero que ves, para ver un culo tienes que voltear y muchas veces hacer esto es mal visto ¿otra? Una chica sin culo en la pose perruna, siempre, se transforma en una culona y caderona -¿lo han notado?- por eso no es muy importante buscar una culona -excepto para pasearla por la calle- y sí una tetona. Y la última, y tal vez, la principal cualidad de las tetas es que nunca apestan.

viernes 19 de junio de 2009

Pelea de Amigos


- ¿Y ahora qué pasa?- le pregunté con más molestia que con desconcierto.
-Tú sabes Alberto- me respondió dejándome aún con más dudas.

Ella se había puesto el clásico vestidito negro que siempre saca de apuros a las chicas que quieren verse más delgadas. Se veía fabulosa y, a la vez, bastante putita. Sus pecas relampagueaban por su desinhibido escote. Sus ojos eran tornasoles que inspiraban a un beso con los ojos abiertos. Y su cabello era un cometa que te embrujaba con su fragancia. Gabriela iba a matar; pero a matar a otros incautos porque yo, ya estoy muerto.

Fuimos en grupo al matrimonio de un amigo de ella. Llevé a Pedrito con su "marcación", así que no hay mucho que contar de él. Al inicio, como todas las bodas, fue aburrida y protocolar: ceremonia, brindis, el vals y la cena. Dos horas después con más tragos encima la gente se animaba a bailar y a beber con más vehemencia. Nos unimos a un grupo de universitarios -amigos de Gabriela- bastante divertido en el que la única pareja formal eran Pedrito y Patricia. Como es mi costumbre me dediqué a beber y a gastar algunas bromas. No bailaba, a diferencia de Gabriela que se la pasó en la pista de baile. Pero en algún momento tenía que bailar y, como siempre, accedí ante la "presión social" y el ánimo festivo de Johanna una chatita bastante alegrona que se reía ante cualquier estímulo de estupidez. Luego con Ginna una flaquita bastante "digna" en su estilo de baile. Otra vez Johanna para continuar con Meche que me robo varios sonrojos con su impudicia en la danza salsera. Y otra vez Johanna con la que me divertí mucho en las doce o quince veces que bailamos. No pude bailar con Gabriela pues sus amigos me atrasaban cuando me animaba a bailar con ella o Johanna se adelantaba y me jalaba del brazo con una sonrisa socarrona.

- ¿Gabriela es tu enamorada?- me preguntó, Johanna, con cierta ironía mientras bailábamos.
- No, no lo es ¿por qué... te parece?
- No lo sé. Pero creo que está molesta conmigo por tu culpa.

Durante toda la fiesta Gabriela coqueteó con todos y a mí me dirigía miradas indiferentes. Nos comportamos como amigos, pero amigos que no se llevan bien. Estaba harto. Todavía lo estoy. Me jode que Gabriela no sepa lo que quiere; que se moleste sin explicar el por qué. Que crea que debo entenderla, cuando no la entiendo. Que adivine lo que necesite sin preguntárselo. Yo necesito más que señales o adivinanzas, y ya me hinché las pelotas porque por más tetas y pecas luminosas que tenga no estoy dispuesto a soportar más despropósitos infantiles. Por eso...


- ¿Y ahora qué pasa?- le pregunté con más molestia que con desconcierto.
-Tú sabes Alberto- me respondió dejándome aún con más dudas.

- No jodas Gabriela, otra vez con tus tonterías. Dime qué tienes o...
- ¡No me hables así!- gritó furiosa mientras sus pecas saltaban como burbujitas gaseosas. La miré a los ojos con el ceño fruncido. No sabía qué decirle. Habíamos quedado en que dormiría en su mueble. Noté que algunas cuculíes cantaban dando la bienvenida a el alba. Me levanté del mueble de su departamento y lucía aún furiosa como esperando que yo intuyera lo que ella me pedía con la mirada. Abrí la puerta.
- ¿adónde vas?
- A mi casa- le respondí calmado. Sin rencor.
- Al menos discúlpate antes de irte ¿no?
- Vete a la mierda- le respondí calmado, a la vez que cerraba la puerta y me largaba sin saber de qué tenía que disculparme.

miércoles 10 de junio de 2009

El Post de Pedrito (Sin Censura)


Tanta insistencia jode, así que decidí acceder al pedido de Alberto a escribir en su cojudo blog. Y accedí con la condición que no censure ni una sola palabra que escriba. Yo no soy un escritor, soy ingeniero y dicen que los ingenieros no sabemos escribir solo sabemos de matemáticas. Así que como Alberto estudió letras, aparte de ingeniería, sólo le permití corregirme los acentos y las comas. Palabras no. Sólo esa aclaración.

Soy Pedro Gómez y me siento perder el tiempo escribiendo esto, para que cuatro o cinco huevones incluyendo tetonas lean esta huevada. No sé que mierda contarles. Empezaré a decirles que desde muy pequeño, no recuerdo la edad, pero era muy pequeño ya era un pinga loca. Mi prima fue una de las primeras en sentir mis prodigiosos diez centímetros que ya me manejaba. No tirábamos, sólo eran sobaditas muy arrechantes que terminaban sacándome agüita de coco. Ahora ella ya está casada, y sé que lo recuerda perfectamente, pero nunca tocamos el tema. Pero me gustaría probar ese culito otra vez. Claro que ella no fue la única primita que pasó por mis manos. Hubo una que me acusó de pervertido, pero como ella era mi mayor, yo lo negué todo y me creyeron. Mas cojudos mis tíos. Les cuento estás cosas, porque el huevonazo de Alberto ya ha cagado mi reputación en este blog, así que una raya más al tigre qué daño me puede hacer. (¡¡¡ huevón deja de escribir mis vainas!!!) Además nunca me van a conocer.

Hay muy pocas cosas de las que me arrepiento. He probado drogas, casi todas, y hay que probarlas para saber de que mierda hablas cuando después criticas a los huevonazos que ahora son unos estúpidos drogadictos. Hay que ser bien cojudo para caer en drogas, cuando se puede probar todas sin malograrte. En toda mi vida me habré cachado a unos 67 hembritas; y eso que estoy siendo prudente, para que no digan que “ay, que cacherito el Pedrito”. No carajo, esa es la verdad. Bueno, de esta verdad sale una de las cosas que más me arrepiento en vida; fue la vez que tenía 22 añitos y Bertha mi enamorada de entonces quedó embarazada. La huevona era una bestia sacando cuentas y calculó mal los días después de su regla y, yo gil, que confío en sus cuentas y me vengo dentro de ella. Ambos decidimos abortar. Puta madre, comprendan carajo yo aún estaba estudiando y la cojuda también. Cómo mierda íbamos a tener un hijo. Si yo era un misio. Puta, no hablemos de esto que se me salen las lágrimas.

Nunca he sido fiel, y creo que nunca lo seré. Es que, me gustan todas las mujeres. Me alocan. Me gusta chuparles el potito –sobre todo el asterisco-, las tetitas, su conchita, lamerles los pelitos hasta del sobaco. ¡Que rico, carajo! Cuando una mujer me gusta mucho, tanto que con solo verla se me para el cabezón, soy capaz de comerme hasta su caca y tomarme su pichi. Si fuésemos caníbales yo pediría “parte culo, por favor”. Con el clítoris como cereza. Alucinen, que una vez estuve tirando con una perra que acababa de tener su chibolo, puta mare, y cuando le chupaba las tetas salía lechecita y me la tomaba toditita. Como bebito. La leche materna es rica, no piensen huevadas. Además que te rejuvenece la piel. Hagan la prueba para que vean. Yo me trompeaba con el “critter” para tomar teta. A veces, el enano de mierda, jodía tanto que teníamos que chupar cada uno su teta. Yo siempre me agarraba la más gordita.

Y bueno, ya que tocamos el tema de las gorditas es bueno que hable al respecto. Como ya les dije yo agarro cualquier tipo de hembrita. Si la huevona es muy fea o demasiado gorda, no importa, nos metemos una borrachera con ron antes de tirar para que, carajo, nos veamos más bonitos, pues. Pero claro que todos tenemos nuestros límites ¿no? Pero uno nunca sabe. Yo no digo: no lo haré. Pues, mírenme escribiendo como huevón para el blog del Albertito, que será mi pata del alma, pero que no joda, pues, con sus mariconadas de escribir para un blog. ¿Quién chucha escribe en blogs? Hembritas, pues. Ya le he dicho que no pierda su tiempo escribiendo huevadas que le pasan (y menos mis huevadas), y que carajo, se desahueve de una buena vez y escriba la novela o el libro de cuentos que tanto posterga el muy cojudo; o que trabaje mejor sino el socio de su viejo lo va a despedir de la puta compañía. ¿Qué mierda ganas escribiendo en este cojudo blog? Ni mierda, huevón. Sólo que unos cuantos pajeros y pajeras te escriban comentarios huevones y tú, más huevón todavía, les respondas. ¡No jodas, pues Albertito! Y mejor dejo de escribir huevadas y vamos a chuparnos unas chelas que tengo sed, carajo. NO ME CENSURES HUEVON. Adiós.

PEDRO GÓMEZ C.

miércoles 3 de junio de 2009

¿Madurez?


Gabriela y yo continuamos con nuestra pactada amistad. Nada de besos y, mucho menos, sexo. Sólo salimos por ahí como buenos compañeros. Ya llevamos algunos meses así desde que nos reencontramos y reconciliamos. Durante ese tiempo yo he tratado de romper nuestro pacto fallando en el intento. Le he repetido sin subterfugios, varias veces, que me es difícil mantener una amistad con ella, pues como ya he probado “el material” me siento –inconscientemente- con derecho a seguir probándolo. Ella me ha respondido que soy un infantil. Y creo que tiene razón. Pero, no soy un infante dulcero, soy un niño al que le gusta la fruta: adoro ese par de melones pecosos.

Las últimas dos semanas no me le he insinuado a Gabriela, y no por que ya no me interese o no la desee, sino porque he tenido alguna suerte con algunas chicas (jugadoras les dicen por acá). Ante mi indiferencia acosadora Gabriela ha dicho que me encuentro raro o estoy disgustado por algo, y nunca se le ha ocurrido sospechar una posible madurez prematura. Sus dudas las he disipado con meloserías que pocos amigos se permitirían: apachurramientos en las que he podido sentir sus tetas a punto de explotar; besos por toda la cara –excepto en la boca, ¡vaya tontería!- y demás cursilerías que se te puedan ocurrir, en el momento, con tal de calmar a una mujer intrigada.

Ayer mientras regresábamos de una reunión de amigos Gabriela lucía verdaderamente molesta; no me dirigía la palabra y su ceño fruncido la delataban. Cuando bajamos del taxi no accedió a que la ayudara a bajar. Pagué el taxi y la increpé por su actitud. Ella no pudo aguantarse más y me soltó furiosa que yo le había faltado el respeto, pues yo habiendo llegado con ella a esa reunión no podía haber estado coqueteando descaradamente con la pelirroja flacuchenta que no dejaba de sacudirme las migajas del saco y hablarme al oidito y reírse de cada huevada que decía y que por más amigos que seamos eso se ve mal. No me defendí, pues es lo peor que se puede hacer ante la ferocidad femenina que aduce tener la razón. Le pedí disculpas si mi comportamiento la ofendió, pues, en realidad, soy un burro y una bestia con las mujeres. Cunado noté su satisfacción ante el mea culpa me le acerqué y la besé unos segundos, sin resistencia. Luego me despedí, sin respuesta, y marché con rumbo a casa. Hoy, por la mañana, Gabriela me llama al celular y me dice: “¿Seguimos siendo amigos?” me tomo unos segundos y le respondo -bien maduro yo- “Por supuesto”. Nomás, de tanta madurez, no me vaya a pudrir.

martes 26 de mayo de 2009

Mientras dormías, mentía.


Los hombres fingimos amor para obtener placer y
las mujeres fingen placer para obtener amor.



Me desperté alarmado por la presencia de aquel cuerpo desconocido y desnudo en mi cama, pero "mi cama" en la casa de mis padres. Me tomó algunos segundos recordar que los había enviado de viaje de vacaciones al Cuzco, y que me encontraba solo en casa. Bueno, tan solo no estaba, me acompañaba la borracha que yacía despreocupada en mi habitación; luego comprobé que Pedrito dormía alcoholizado sobre los muebles de la sala y que lo acompañaba la morena escandalosa de la noche anterior. Su nombre es Amarilis y cuando llegó se le notaba que ya había estado bebiendo. Llegó sola con un jean azul ajustadísimo, botas rojas de cuero y una blusa, también roja, que daba frío observarla. Se reía de todo y lo hacía con un entusiasmo exagerado que ante el torbellino de las carcajadas, la blusa se le desacomodaba y nos regalaba un pezón. Ahora, mientras retozaba sobre Pedrito, una de sus tetas me apuntaba acusadora. Fue Amarilis que en una llamada improvisada llamó a Sonia, prima de ella, para que sea mi "acompañante", ya que, su amiga la que inicialmente iba a acompañarme la plantó.


Pedrito fue el motivador para organizar la fiesta. Invitó sólo a los hombres de la oficina y algunos compañeros de la universidad, descartó a todas las mujeres. La única condición que impuso para que alguna chica asistiera es que: esta sea una borracha consuetudinaria; que sea "material disponible" para cualquiera de los asistentes; que no sea inteligente, pues podría arruinar la fiesta con alguna estúpida convicción intelectual; y que no sea gorda, ni rellenita, todas deben ser flacas, hasta se aceptan anoréxicas ¡nada de gorditas! pues, el huevón de Albertito quiere recobrar la cordura y saber nada de gorditas que le recuerden a la pecosa de Gabriela.


Sonia es flaca. Flaquísima. Su cuerpo es casi infantil. Sino fuera por la mata de vello púbico, cualquiera la confundiría con una púber. Pero esta confusión se podría dar sólo en su desnudez y la ausencia de maquillaje que le ha quitado unos cinco años más de lo que aparentaba. Sonia tiene veintiuno y cuando llego parecía de veinticinco y ahora que descansa desnuda sobre mi cama parece de diecisiete. A Sonia le gusta dar grititos secuenciales durante el sexo, a medida que la fogosidad se intensifica los decibeles de los grititos aumentan. Eso no eleva mi ego, pero sí me causa mucha curiosidad.


Son las once de la mañana del domingo y Sonia todavía duerme. La observo, desde el sillón marrón de mi habitación, bastante fascinado ante el espectáculo de ronquidos y babeos que proyecta. Bebo un poco de Gatorade y noto que mi celular está vibrando, dudo en contestar pues el detector de llamadas indica: llamando Gabriela... Me decido a contestarle mientras me acomodo mejor en el mueble y advierto que Sonia ha dejado de roncar.


- ¡Hola Alberto!- me saludó con voz animosa.
- Hola Gabrielita.
- ¿Qué haces?
- Pensar en tí- le mentí.
- ¿Así?... ¡mentiroso!
- De verdad Gabrielita. Todo el día pienso en tí, y sino me crees pregúntale a "Albertito".
- ¡Grosero! Ya ves, tú nunca puedes hablar en serio, siempre sales con alguna payasada- me rezongó.
- Pero es la verdad, él (Albertito) mejor que nadie para saber que sólo pienso en tí- continué adulandola.
- Ya, está bien. Y dime, qué hiciste anoche que te desapareciste. El tarado de Pedrito también está perdido, me estaba contando Paty.
- Pedrito está durmiendo acá. Ayer nos bebimos unos tragos y se le hizo tarde y se quedó. Dile a Paty que no se preocupe.
- ¿Los dos solos han estado tomando?
- Sí- le volví a mentir.
- ¡Ay que lindos los amiguitos!
- Así soy por tí, pues, Gabrielita.
- Ya Alberto no me florees mucho. Y dime, ¿todavía salimos al cine por la tarde?
- Sólo si te pones esa blusita blanca que me gusta.
- Hace mucho frío para usar eso.
- Cruzaré los dedos para que salga el sol. Bye- colgué y mientras me preparaba para ducharme encendí el equipo de música y puse Led Zeppelin con la intención de que Sonia se despertara. Logré levantarla y nos bañamos juntos. Tuvimos sexo una vez más. Ella me ofreció sus acostumbrados grititos mientras le susurraba al oído que era la chica más linda que había pasado por mi cuarto.

lunes 18 de mayo de 2009

Hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana...


Siempre he intentado ser fiel. Cuando niño me imaginaba con una única mujer a la cual amaba hasta que la muerte nos separe. En la adolescencia tal idea me parecía propia de mi edad infantil y lo que buscaba era tener la mayor cantidad de chicas al mismo tiempo para poder enrostrarles a mis amigos “mis conquistas”; pero en el fondo mis latidos y erecciones espontáneas eran por la enamoradita de turno. Ahora, de adulto siento que una sola no es suficiente y dos son muchas. Como resultado: siempre he decepcionado a todas las mujeres que me quisieron y, también, a las que no.

Una de las primeras que decepcioné fue a Chio. Teníamos dieciocho años y, según ella, se enamoró de mí porque la hacía reír. Y lo que me enamoró de ella fue su cuerpo: ojos grandes, piernas largas y tetas morbosas. Y sí que me enamoré de Chio. Nos sentábamos juntos en todas las clases que llevábamos en la universidad; almorzábamos juntos en la cafetería y luego regresábamos a clases más pegados aun; cuando salíamos temprano nos íbamos al cine y, la mayor de las veces, acabábamos retozando en algún hotel cercano a la facultad de periodismo -donde estudiábamos- hasta rozar la hora de permiso que ella tenía de llegar a casa. Éramos inseparables y fue con Chio que adquirí la adicción por lo senos generosos. Habían veces en que me pasaba horas besándolos y acariciándolos sin hastío, hasta que ella me advertía con un “me arden, Alberto. Ya para”.

No recuerdo las circunstancias con las que terminé en posesión de su bolso. Sólo recuerdo que ella llamó a mi casa preocupada pensando que lo había extraviado y me rogaba no revisarlo, pues, en él se encontraba mi regalo de aniversario por nuestro primer año, que sería dentro de dos semanas. Juré no hacerlo. Mentí.

Estaba preocupado, porque en dos semanas tendría que juntar el suficiente dinero para superar aquel regalo: era un reloj “Guess” deportivo con correa de cuero marrón que estaba enfundada en una hermosa caja metálica con el sello de la marca. Me lo probé y me quedaba perfecto. Luego, seguí revisando y encontré los clásicos utensilios que lleva una mujer en un bolso; también encontré una billetera con dinero, documentos y fotos que me llamaron la atención: fotos tamaño carnet de papá y mamá; algunas fotos recientes de ella que una robé para mí. Pero dentro de todo ese revoltijo encontré un antiguo pase de biblioteca escolar; en él, sonreía una quinceañera regordeta con enormes cachetes que achinaban sus ojos. Era Chio, que estaba irreconocible. ¡Que gorda! dije decepcionado. Aquella imagen arrancó de un tirón la idealización ciega que tenía de Chio. Ya no era más la flaquita angelical con enormes tetas. Era la gorda del pase de biblioteca. Esa noche del descubrimiento, no pude dormir. Sólo pensaba en lo gorda que había sido -y podía volver a ser- Chio. Esa noche, inconscientemente, le dije adiós a mi primer amor.

Durante los días siguientes las cosas cambiaron con Chio: inventaba excusas para irme con los amigos abandonados y el dinero que debía juntar para el regalo de aniversario me lo gasté en cervezas y en dos noches de hotel con distintas chicas fáciles que no recuerdo ni sus rostros.

Aún recuerdo excusándome ante la baratija que le regalé el día de nuestro aniversario, y ella recibiéndolo feliz. Cinco días después ella terminaba conmigo ante la confesión de mi infidelidad con aquellas chicas que no recuerdo su rostro. Cada lágrima que derramó aquel día todavía me cuesta secar en las noches que la recuerdo, o cuando me topo entre mis cosas con el reloj que aún conservo junto a la fotografía que robé aquel día. Los tiempos cambian y te cambian; y el amor más barato es el que se paga.