La llamada

El supermercado estaba repleto. Las personas compraban compulsivas… apresuradas. O eso era lo que me parecía a mí, que ya estaba con mis tragos encima y una depresión post Mónica. Pero esa tristeza era interna; pues, la disimulaba muy bien. Aunque, creo que más que tristeza por ser abandonado, es la incertidumbre de mi futuro ¿sentimental?, pues, ya sólo me queda Gabriela. Y esta es una monogamia forzada por las circunstancias.

Había abandonado a Pedrito, unos instantes, en la sección de licores para comprar unos dulces o piqueos que me solicitó Gabriela. Compré unas bolsas de papas fritas y Doritos. Caminé unos pasos y divisé un reluciente envase de mermelada de saúco que destapé en el instante y saboreé mientras buscaba a Pedrito. “¿Señor desea probar el nuevo Havana Club?" No debí voltear. Pero lo hice al instante. Estaba con un traje entero y ajustado de esos que usan las anfitrionas; lucía un sugestivo escote que resaltaban sus rígidos pezones. Tomé el vaso sin despegarle la mirada y lo acabé de un sorbo, ella sonrió. Me sirvió un trago más e inició su aprendido discurso sobre las cualidades del trago que ofrecía. No le prestaba atención, sólo la miraba directo a los ojos. Y ella incómoda no podía sostenerme la mirada. Agachaba su cabeza sonrojada. Quería poseerla ahí mismo, arrancarle ese trajecito rojo y dorado con los dientes; y no desperdiciar ni un centímetro de su piel. Le compré dos botellas; ella lucía satisfecha, se sabía guapa y que esa virtud la aprovechaba con un toque de ingenuidad.”… ¿Gracias?” le agradecí haciendo un gesto con la mano como que desconocía su nombre. “Nelly” me dijo con una sonrisa y me retiré sabiendo que eso era lo máximo, que esa noche, podía sacar de ella.

Ya en casa de Gabriela me sentía lo suficiente borracho como para darme la licencia de tirarme en el sillón sin conversar con nadie y, sólo, acompañado de mi inseparable cigarrillo. Observaba a todos divertirse y no sentía un ápice de envidia. Dentro de mis etílicas cavilaciones llegué a una elocuente conclusión: Siempre que estoy con Gabriela tengo un trago en la mano o hay una fiesta en su casa. Entonces, me pregunto: ¿Soy el corruptor de Gabriela o ella está en pleno auge del disfrute de su juventud? No lo sé y tampoco me interesa averiguarlo.

Como siempre que me quedo a dormir en casa de Gabriela luego de fiesta, despierto con dolor de cabeza y sin recordar las últimas dos horas de la noche anterior. Sentimiento de culpa. Gabriela duerme a mi lado vestida con la misma ropa. Noche sin sexo. Me doy una ducha y visto presuroso. Gabriela se despierta y hace lo mismo. “¿Te vas?” me pregunta. “Sí, mi viejita llamó; quiere desayunar conmigo” miento. Reviso el celular y veo: (llamadas realizadas: Mónica 02: 15 am). “¡Putamadre! Qué mierda he hecho, ya la cagué.” Apago el celular. Sentimiento de culpa.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

No le contestes man...si lo haces la vas a cagar por completo...dejala que se macere en sus propios jugos...te deja pues bien, tu desapareces...

Anónimo dijo...

Anonimo... guey el flaco es el que realizo la llamada, cheka ese negocio man.
Flaco degenerado, 1ro asumo que la gabriela conoce a tu vastago, movida algo riesgosa; 2do tranqui guey que las llamadas alcoholicas son cagonas, te lo digo por experiencia, si te sientes lo suficiente mente choborra para hacer la llamada pero aun con algun control sobre tus funciones mentales, tomate un par de tequilazos y muere dignamente.
Atte
WACO

Ravnoss dijo...

jaja noo la kgaste toda, la llamaste ebrio encima y ni te acuerdas lo ke le dijiste jaja ki buina

Raulín Raulón... dijo...

Lo de siempre. En el fondo si te sentías medio hasta el culo en la fiesta, y ya habías ido medio arrechín.

Yo creo que sí la cagaste. Si se fue, bien, es su problema, ahora te arriesgas a que cancherée un poco contigo.